Saludo de Mons. Pietro Parolin en la Apertura de la 98 Asamblea Plenaria de la CEV

SALUDO DE S.E. MONS. PIETRO PAROLIN,
NUNCIO APOSTOLICO EN VENEZUELA,
EN LA XCVIII ASAMBLEA PLENARIA ORDINARIA
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA
Caracas, 7 de julio de 2012

 


Excelentísimo Monseñor Diego R. Padrón Sánchez, Arzobispo de Cumaná y Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana;

Eminentísimo Señor Cardenal Jorge L. Urosa Savino, Arzobispo de Caracas y Presidente de honor;

Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos miembros;

Colaboradores en la CEV-SPEV;

Directivos de Organismos de Representación Oficial de los Religiosos, Religiosas, Laicos y Educación Católica;

Ilustres invitados;

Representantes de los Medios de Comunicación Social;

Hermanos y hermanas, amigos todos.

Para mí es un motivo de profunda alegría poder dirigir un saludo respetuoso y fraterno a los miembros de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), reunidos en la 98ª Asamblea Plenaria Ordinaria, y a todos los presentes en esta sesión de inauguración.

La Asamblea de la Conferencia Episcopal es un momento importante en la vida de la Iglesia en Venezuela y mi presencia entre Ustedes responde al sentido y a las funciones que el Santo Padre Benedicto XVI indicaba, como propios de los Representantes del Papa y de sus colaboradores, en un reciente discurso a la Comunidad de la Pontificia Academia Eclesiástica: es decir, "hacerse intérpretes de su solicitud por todas las Iglesias, así como de la cercanía y afecto con el que sigue el camino de cada pueblo" (11 de junio de 2012).

La celebración de la fiesta del Papa, en la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, el 29 de junio pasado, nos ha permitido, a nosotros y a nuestras comunidades eclesiales, revitalizar los lazos de afecto con el Papa, que han distinguido siempre el catolicismo en Venezuela; de orar por él y por sus intenciones personales y de manifestar nuestra adhesión, afectiva y efectiva, a su ministerio y a su magisterio.

Entre los signos concretos de amor al Papa no podemos olvidar el Óbolo de San Pedro, que, como ha explicado muy bien Su Santidad Benedicto XVI al inicio del su Pontificado, "es la expresión más típica de la participación de todos los fieles en las iniciativas del Obispo de Roma en beneficio de la Iglesia universal. Es un gesto que no sólo tiene vigor práctico, sino también fuertemente simbólico, como signo de comunión con el Papa y de solicitud por las necesidades de los hermanos" (Discurso a un grupo de miembros del Círculo de San Pedro, 25 de febrero de 2006).

Estos tiempos que estamos viviendo, exigen de nosotros, los católicos, un gran amor y una gran fidelidad al Papa, que, como he dicho antes, sea afectiva y efectiva. Nos encontramos en un momento turbulento y no lo podemos negar. Lo ha admitido hace unos días el Cardenal Bertone, explicando que el hecho de la diversidad de acentos, énfasis o matices que debe existir en la Iglesia está asumiendo el rostro de una contraposición que quiere dividir interesadamente entre amigos y enemigos.

Y el mismo Santo Padre, en la audiencia general del 30 de mayo pasado, ha expresado la tristeza de su corazón por los sucesos ocurridos en la propia Curia y con sus colaboradores; y también en la homilía de la fiesta de los Santos Pedro y Pablo, ha recordado que, dentro del mismo Papado se manifiesta la tensión que existe entre el don, que viene del Señor, y la capacidad humana. Es decir, la coexistencia de estos dos elementos: "por una parte, gracias a la luz y a la fuerza que viene de lo alto, el Papado constituye el fundamento de la Iglesia peregrina en el tiempo; por otra, emergen también, a lo largo de los siglos, la debilidad de los hombres, que sólo la apertura a la acción de Dios puede transformar. En el Evangelio de hoy – continuaba el Papa – emerge con fuerza la clara promesa de Jesús: 'el poder del infierno', es decir las fuerzas del mal, no prevalecerán, 'non prevalebunt'" (29 de junio de 2012).

De aquí viene la certeza, que nunca ha flaqueado en él, de que, a pesar de la debilidad del hombre, de las dificultades y las pruebas, la Iglesia es guiada por el Espíritu Santo y el Señor no dejará de comunicarle su ayuda para sostenerla en su peregrinar.

Y de aquí proviene su valor. ¡Valor! Es una palabra que el Papa ha repetido muchas veces en estos últimos tiempos. Ha sido la última palabra con la que se ha despedido del VII Encuentro Mundial de las Familias, en Milán, en el cual ha participado una Delegación venezolana, presidida por Mons. Rafael Conde, Obispo de Maracay. ¡Valor! Se lo ha dicho también a los demás, a los jóvenes que quieren formar una familia, a las familias con dificultades; se lo ha dicho a toda la Iglesia.

Quisiera, pues, que interiorizáramos esta palabra con el Papa y bajo su guía.

Necesitamos valor ante el panorama que emerge del Instrumentum laboris para la próxima XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará del 7 al 28 de octubre de este año, sobre el tema: La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Este documento, publicado el 19 de junio último, servirá como base para la discusión entre los Obispos provenientes de todo el mundo, los cuales encararán los temas de la secularización, de la crisis de fe y de la necesidad de una nueva evangelización, partiendo de los países que han sido evangelizados hace siglos.

En efecto, señala el documento, aunque "no todos los signos son negativos" (n. 50), sin embargo "el tono general es de preocupación" (n. 49) y las respuestas recibidas de todo el mundo revelan "la debilidad de la vida de fe de las comunidades cristianas, la disminución del reconocimiento de la autoridad del Magisterio, la privatización de la pertenencia a la Iglesia, la reducción de la práctica religiosa, la falta de empeño en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones" (n. 48), así como "una excesiva burocratización de las estructuras eclesiales, que son percibidas como lejanas al hombre común y a sus preocupaciones esenciales". Todo esto ha causado "una reducción del dinamismo de las comunidades eclesiales, la pérdida del entusiasmo de los orígenes y la disminución del impulso misionero" (n. 69).

También el Año de la Fe, promulgado por el Papa Benedicto XVI y que se iniciará el próximo 11 de octubre, coincidiendo con el 50º aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, quiere responder a los desafíos que estas situaciones plantean a la fe cristiana, con el objetivo de reanimarla, purificarla, confirmarla y confesarla (cf. PF n. 4), y recuperar así energías, voluntad, frescura e ingenio en el modo de vivirla y de trasmitirla (cf. Instrumentum Laboris n. 49).

A este tema, queridos hermanos Obispos, se dedicarán en esta Asamblea, trabajando sobre la Exhortación acerca del Año de la Fe y reflexionando sobre la "radiografia" religiosa de Venezuela desde el punto de vista de la iniciación cristiana.

Podría servir de ayuda, en este trabajo, un texto del discurso de Benedicto XVI a los Obispos de Portugal, pronunciado en Fátima el 13 de mayo de 2010: "En efecto, cuando en opinión de muchos, la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad y se la ve a menudo como una semilla acechada y ofuscada por 'divinidades' y por los señores de este mundo, será muy difícil que la fe llegue a los corazones mediante simples disquisiciones o moralismos, y menos aún a través de genéricas referencias a los valores cristianos. El llamamiento valiente a los principios en su integridad es esencial e indispensable; no obstante el mero enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida. Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él".

Este llamado al testimonio del cristiano nos impulsa a regresar a lo esencial, que, como alguno comentaba, y según mi parecer, acertadamente, consiste "sencillamente" en ser nosotros mismos, abiertos al otro. Dos aspectos, que según la mentalidad bíblica, coinciden: es la dedicación al otro lo que constituye la auténtica identidad del hombre, creado a imagen de Dios. Para la Iglesia, esta alteridad (que es fundamento de la identidad) se configura doblemente: el Otro, que es Cristo, sobre quien la alteridad se funda y el otro, que es el hombre, a cuyo servicio ella se dispone. Es esencial que esta tensión al otro, que define a la Iglesia, se mantenga siempre así, en su doble polaridad: hacia Cristo y hacia el hombre. Se trata, entonces, fundamentalmente, de una mentalidad, de actitudes existenciales que deben ser cultivadas y corregidas, y no, principalmente, de nuevas, más o menos brillantes, "estrategias" pastorales que se ponen en experimento.

Tenemos necesidad de mucho valor también ante la situación socio-política en la que vivimos y actuamos. En efecto, exige mucho valor el compromiso a favor de la unidad y de la reconciliación que Ustedes, queridos hermanos Obispos, han asumido y al que han convocado al país al inicio de este año, expresando la necesidad de "restablecer la convivencia nacional a partir del respeto y aprecio mutuo, el efectivo reconocimiento del pluralismo político-ideológico, cultural y religioso y la correspondiente tolerancia hacia los demás" – o mejor dicho la aceptación del otro en la perspectiva del bien común – "el respeto, la defensa y la promoción de los derechos humanos" (Exhortación 2012: año de reconciliación nacional, n. 4; 6); lo mismo ha de decirse de la reanudación del diálogo entre las Autoridades de la Conferencia Episcopal y del Gobierno nacional entre la Iglesia y el Estado, que deseamos que pueda continuar y consolidarse en la perspectiva que nos indica la Gaudium et Spes, de dos sociedades, la civil y la eclesial, independientes y autónomas, la civil y la eclesial, cada una en su propio terreno,pero que están llamadas a encontrarse y a colaborar al servicio de la vocación personal y social del hombre (n. 76). De igual modo, el proceso de celebración de las próximas consultas electorales, en las cuales los ciudadanos de este país están llamados a participar, como derecho cívico y deber moral, en forma libre, pacífica, y responsable para elegir a sus gobernantes; así como la contribución de todos los venezolanos, alimentados por sus raíces cristianas, a la edificación de una sociedad más justa y solidaria, como ha escrito el Papa al Presidente de la República con motivo de la Fiesta Nacional , el 5 de julio pasado: todo esto, exige valor.

El valor de la fe y del amor. La fe y el amor que vencen al mundo (cf. 1 Jn. 5, 4), entendido como "mundo" tentado por o sometido al Maligno. Y así lo afirma el Santo Padre: "Por el momento la Iglesia y todos nosotros nos encontramos entre dos campos de gravitación. Pero desde que Cristo ha resucitado, la gravitación del amor es más fuerte que la del odio; la fuerza de gravedad de la vida es más fuerte que la de la muerte" (Benedicto XVI, Homilía de la vigilia pascual, 11 de abril de 2009).

Que María, mujer de fe y de amor, y por eso, mujer de valor, interceda por los trabajos de esta Asamblea, por todos nosotros, aquí pre 

Modificado por última vez en Viernes, 07 Junio 2013 19:48