El bicentenario del terremoto del 26 de marzo de 1812

1.- En ocasión de los Bicentenarios del 19 de abril de 1810 y del 5 de julio de 1811, el Episcopado publicó sendas cartas pastorales, en las que ha ofrecido algunas consideraciones con la intención de que contribuyan al rencuentro de todos los venezolanos con su pasado, para iluminar el presente y el futuro que está en nuestras manos.

2.- El año 1812, tuvo también su sello peculiar, pues el sueño independentista quedó marcado por el terremoto del jueves santo, 26 de marzo, por el inicio de la guerra y la pérdida de la primera República. La lectura tradicional de estos acontecimientos, tanto en la historia que aprendimos en la escuela como en las celebraciones públicas, subrayan algunos rasgos épicos cargados de dramatismo y exaltación patriota, pero dista mucho de lo que realmente sucedió. A la luz de la realidad actual, es conveniente sacar lecciones que nos ayuden a construir un futuro más promisor y fraterno.

3.- Este año, el Episcopado ha adoptado como lema y tarea a todos los niveles pastorales, la defensa de la vida, la erradicación de la violencia y el trabajo tesonero por la paz de todos los venezolanos. La conmemoración de los acontecimientos de hace dos siglos, iluminan este panorama y pueden ser fuente fecunda de bien, más allá de las tradicionales celebraciones que exaltan lo heroico de unos y lo perverso de otros.

4.- Invitamos a todos a repasar los fundamentos de nuestra historia patria de la mano de la abundante literatura contemporánea que supera el estereotipo de presentar nuestro pasado como una película de buenos y malos, fácilmente identificables según el bando en que se encontraban. La situación fue más compleja y confusa de lo que se nos ha hecho ver. Sin claridad meridiana de la historia, las lecturas de nuestro pasado pueden reducirse a anécdotas y relatos mediatizados por intereses particulares o ideológicos de cualquier género. Sin la verdad por delante no se construye ni el presente ni el futuro.

5.- En primer lugar, la crisis de 1812 venía de atrás. El malestar social por la discriminación de las clases sociales, se manifestó de diversas formas en las últimas décadas de la Colonia. Los acontecimientos a partir de abril de 1810 y la declaración de Independencia de 1811 fueron consecuencia de diversos factores: por una parte, la invasión napoleónica, el vacío de poder en la Península Ibérica y la falta de tino respecto a los asuntos americanos; y por otra, el protagonismo de los criollos, principales propulsores del movimiento que condujo a la separación del dominio colonial. El resto de la población no participó sino en muy escasa medida. La libertad e igualdad, proclamada desde 1810, fue, en los hechos, selectiva y excluyente de las mayorías, conformadas por los pardos, mestizos, indios y negros. Razón suficiente para que dichos sectores de la población no sintieran mucho entusiasmo para sumarse a una causa que no los tomaba en cuenta.

6.- A lo anterior se sumó la manera como Caracas pretendió imponer su primacía sobre las provincias. Coro y Maracaibo permanecieron fieles a la Corona lo que llevó a Caracas a actuar con un lenguaje ofensivo, llamando a los miembros del Ayuntamiento de Coro "hombres perversos e inmorales" y comisionando al Marqués del Toro para que se dirigiera con tropas a someter las provincias antes nombradas y agregarlas a la causa caraqueña. El Obispo de Mérida de Maracaibo Santiago Hernández Milanés, salió en defensa de sus feligreses corianos y escribió a la Junta de Caracas en julio de 1810, que para lograr la paz y la amistad, se debe "evitar la espada de una guerra desoladora", que podía conducir a que "se emprenda una guerra civil más funesta en sus efectos, que la que sostiene España contra el despotismo francés". El centralismo, el caciquismo, la desunión y la imposición a la fuerza, han sido y son males endémicos que impiden que crezcamos como ciudadanos y republicanos.

7.- Este clima de inconformidad y rechazo a la nueva situación iniciada en 1810, fue en aumento a lo largo de los años 1811 y comienzos de 1812. Tanto en oriente (Cumaná y Guayana) y occidente (Coro y Maracaibo), como en el centro (Valencia), hubo oposición y levantamientos de españoles y, en su mayoría, de venezolanos adictos a Fernando VII. La debilidad del nuevo orden fue manifiesta a pesar de contar con un ejército más numeroso. En este contexto social se produjeron los movimientos sísmicos de la tarde del jueves santo, 26 de marzo de 1812, que redujeron a ruinas las principales ciudades desde Caracas hasta Cúcuta, dejando numerosas víctimas, una de ellas, el Obispo de Mérida de Maracaibo Santiago Hernández Milanés.

8.- En la imaginación popular ha quedado sembrada aquella frase atribuida a Simón Bolívar: "si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca"; enriquecida con las pinturas que muestran a Bolívar sobre los escombros de la esquina de San Jacinto en Caracas, espada en mano, amenazando a un fraile que predicaba que lo ocurrido era un castigo de la Providencia Divina por haberse apartado de la sumisión al Rey. Es cierto que hubo quienes predicaron en ese sentido, pero no fue una posición unánime. De la correspondencia del Arzobispo caraqueño Narciso Coll y Prat se desprende que uno de los graves problemas dentro de la Iglesia de su tiempo fue la división del clero, simpatizantes unos de la nueva causa y otros del antiguo régimen. Igual constatación tuvo el Obispo Santiago Hernández Milanés al darse cuenta que la mayor parte del clero mejor preparado de su diócesis, era partidario de la nueva situación.

9.- En el lenguaje político-religioso de la época, los éxitos se atribuían al Rey, ungido y Vicario de Dios; mientras que las calamidades naturales o sociales eran señaladas como castigos de Dios por los pecados y omisiones de los súbditos. El regalismo que postulaba una sujeción total de la institución eclesiástica al monarca fue trasvasado por los revolucionarios al nuevo concepto de nación. Así como los obispos debían celebrar con solemnes ceremonias religiosas los éxitos reales o impetrar oraciones por las calamidades que sufría la casa real durante el período colonial; así mismo, desde el inicio del nuevo orden, obispos y sacerdotes tenían la obligación de unirse al júbilo por el 19 de abril y jurar la constitución de 1811, con sendas celebraciones religiosas.

10.- El lenguaje político-religioso de la época atribuía todo lo bueno a las virtudes de los gobernantes y achacaba los males a los pecados ocultos de los súbditos. Ante la incertidumbre y confusión por el malestar social reinante entonces, los terremotos en un día tan significativo como el jueves santo, a dos años del otro jueves santo que desconoció la autoridad del Capitán General, era terreno abonado para que cada quien buscara una interpretación que justificara su postura. Es allí cuando salen a relucir los argumentos liberales de las nuevas autoridades reclamando una lectura sin ribetes religiosos de la calamidad que arropaba a todos; y lo que se dijo para acusar de impío a Bolívar, se convirtió en el mito que lo consagró como líder y libertador antes de serlo. La exclusión y el odio se incubaron en mentes y corazones, y fueron el detestable combustible de la violencia que se desató, trayendo desolación y muerte en todo el territorio.

11.- El caos reinante fue terreno abonado para que afloraran los sentimientos más ancestrales que convirtieron en guerra, destrucción y violencia cruel, la actuación tanto de las tropas realistas como de las huestes patriotas. Deserciones, traiciones, delaciones, reacomodos, confiscaciones, prisiones y muertes, marcan la caída de la primera República y los tiempos subsiguientes. El Arzobispo de Caracas Coll y Prat que en un primer momento, ante la llegada del realista Monteverde, exclamó "hijos, nada tenéis que temer; es que vais a ser felices", con un dejo de amargura y culpa escribió pocos años más tarde: "¡Ojalá las providencias ulteriores no hubiesen venido a desacreditar mis palabras!". Las premoniciones que había hecho el Obispo Santiago Hernández Milanés sobre las calamidades de una posible guerra civil aparecieron en el territorio venezolano, sumiendo en hambre, desarraigo y muerte, a una población y una tierra que tuvo que pagar un precio demasiado elevado por conquistar no sólo la libertad sino sobre todo la igualdad, en la que la fraternidad brilló por su ausencia.

12.- Como ciudadanos y como creyentes tenemos la obligación de plantearnos hoy algunas preguntas comprometedoras: ¿Qué lecciones nos deja lo sucedido hace doscientos años para el presente y el futuro de nuestro país?. ¿Cómo situarnos preventivamente ante las eventualidades de una catástrofe natural?. ¿Qué interés existe en la sociedad venezolana por los acontecimientos históricos, en función de hacer más humana la convivencia social?. ¿Qué valor tiene hoy día en el plano socio-político el lenguaje mítico religioso?. Ante los proyectos sociales globales, cabe preguntarse por la necesidad de crear consensos, respetar a los otros, tener la paciencia de no imponer sino convencer y convencernos de buscar lo mejor para todos, sin exclusión ni forma alguna de marginamiento. Tenemos un país que debemos seguir construyendo, no ya con las armas, sino con los valores de la paz, la libertad, la convivencia social, el trabajo digno, la justicia y la equidad. Muchos de estos aspectos los debemos conquistar desde la visión de un desarrollo humano integral donde se preserve y promueva la dignidad humana. Esto sólo lo podemos lograr en una democracia real auténticamente participativa, con división y autonomía de poderes, con instituciones eficientes y con una sociedad civil que venza las calamidades de la división, la intolerancia y el odio.

13.- Invitamos a los católicos y a todas las personas con deseos de construir una Venezuela más fraterna y solidaria, a unirnos en el diseño y ejecución de experiencias que nos den esperanzas de una vida plena, del compartir alegre, de hacer realidad los sueños que abrigamos en el corazón. Este año 2012 debe ser un año de rencuentro. Como dijimos recientemente: "Cuando se hace el inventario de las necesidades y expectativas del país, destacan como más urgentes la seguridad, el empleo, la vivienda, la salud, la orientación y calidad de la educación, los servicios viales y la capacidad alimentaria. Así mismo destaca la extraordinaria importancia de contar con un Estado de derecho, efectivo y confiable, para la convivencia ciudadana. Sin embargo hay un anhelo que se debe tener como máxima prioridad: la reconciliación de los venezolanos".

14. Reconciliarnos va más allá del buen trato; lleva en sí un cambio de mentalidad y paradigma, donde el centro de nuestra dedicación esté en el otro, en el ser que tiene igual dignidad, pero que vive en medio de elementos contradictorios para una vida plena. Por tanto, "Trabajar por construir la unidad entre los venezolanos no es tarea fácil. El progreso y el bienestar de este país sólo podrán lograrse con la participación de todos los ciudadanos. Ante las dificultades, por grandes que sean, no debemos desesperar, ni como personas ni como creyentes. Aunque el pasado de Venezuela registra intermitentes rupturas internas, registra también experiencias de acuerdos y períodos de paz. La convivencia democrática, con rango constitucional desde hace un poco más de medio siglo, aunque limitada y defectuosa, como toda obra humana, pertenece también a nuestra historia nacional". Construyamos un futuro de entendimiento y de paz, el único camino que nos puede ofrecer la alegría de vivir juntos como hermanos.

15.- El Domingo 25 de marzo, víspera del Bicentenario de los terremotos de 1812, pedimos a los sacerdotes y a todos los fieles laicos que en todas las misas que se celebren en el país, se haga mención especial de esta catástrofe, se ore por los numerosos m 

Modificado por última vez en Viernes, 07 Junio 2013 19:50

 

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